http://www.e-radio.edu.mx/de-puntitas/
miércoles, 21 de noviembre de 2012
viernes, 16 de noviembre de 2012
Tarea semana 13-16 Nov.
Matemáticas
Leer el cuento de Edgar Allan Poe e identificar las partes de una narración (presentación, desarrollo, climax y desenlace) y encerrar en círculo los conectivo o palabras de enlace del cuento.
Ciencias Naturales
Hacer un resumen de la página 59-65
Dibujar alguna especie
Formación Cívica y Ética
De manera individual hacer un tríptico del tema "Derechos y obligaciones de los niños"
Geografía
Pegar la copia de los paises megadiversos en los países respectivamente e investigar los otros dos que faltan.
Anuncio: El profr. de Ciencias les envía estos links para que los puedan revisar.
https://www.youtube.com/watch? v=ioi0zKRZdco&feature= autoplay&list= PL8AF2DB105BE62FBE&index=13& playnext=1
- Hacer 1 prisma o pirámide de cartulina o de cualquier otro material de cualquier tamaño.
- Identificar y escoger algún edificio, lugar y/u objeto respresentativo de algún lugar (nacional e internacional) que tenga la base, cara lateral, (ambos) e incluso del mismo cuerpo geométrico, (del objeto hecho). Ejemplo: Torre Latino, Plancha del Zócalo de la Ciudad de México, Alameda, etc.
- Entregar una descripción breve del cuerpo y del lugar, edificio u objeto.
- Contestar la página 61-62.
Leer el cuento de Edgar Allan Poe e identificar las partes de una narración (presentación, desarrollo, climax y desenlace) y encerrar en círculo los conectivo o palabras de enlace del cuento.
Ciencias Naturales
Hacer un resumen de la página 59-65
Dibujar alguna especie
Formación Cívica y Ética
De manera individual hacer un tríptico del tema "Derechos y obligaciones de los niños"
Geografía
Pegar la copia de los paises megadiversos en los países respectivamente e investigar los otros dos que faltan.
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miércoles, 14 de noviembre de 2012
El gato negro
EL GATO NEGRO
EDGAR ALLAN POE
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me
dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan
su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.
Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato
consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una
serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han
aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré
explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos
espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya
inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más
serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las
circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y
efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La
ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en
objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y
mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte
del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los
acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la
virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos
que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan
que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución
que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega
directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad
y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis
preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía
oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros,
peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro
y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en
el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia
popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero
decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de
recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi
camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me
costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al
confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa
del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico,
irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar
descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis
favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo
los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo,
conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que
hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos
por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba
-pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón,
que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las
consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de
mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo
alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la
mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía.
Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más
que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser.
Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al
pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.
Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los
vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el
remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo,
no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy
pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba
el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se
paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía
aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para
sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me
había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la
irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el
espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y,
sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad
es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades
primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del
hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que
cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía
cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta
descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la
Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como
he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse
a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me
incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a
la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el
pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas
manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo
ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no
me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo,
cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si
ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios
más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron
gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la
casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi
mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se
perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto
entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de
hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del
incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían
desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor,
situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera
de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que
atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a
la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención
y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi
curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un
bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una
nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del
animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí
dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda.
Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al
producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el
jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la
ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad
contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas
y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia,
sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación.
Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese
tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al
remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en
los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y
apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que
infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles
de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos
minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido
antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la
mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual
a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo,
mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le
cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se
frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de
encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su
compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo
había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal
pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y
otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a
ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era
exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir
cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba.
Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la
amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el
recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas
semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero
gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir
en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana
siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era
tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer,
quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que
alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más
simples y más puros.
El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión.
Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis
rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre
mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas
en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba
aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer
crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor
al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me
sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de
reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de
reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era
intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir.
Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha
blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el
extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha,
aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero
gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo
tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de
rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por
ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz
de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la
imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de
la agonía y de la muerte!
Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que
una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era
capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y
semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del
reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche,
despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente
aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la
que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba
de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más
tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor
creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la
entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la
habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega
cólera a que me abandonaba.
Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la
vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió
mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo,
lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia
los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un
golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero
la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención
a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la
cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre
fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa,
tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me
observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en
descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba
en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo
del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y
llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo
que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano,
tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco
resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad
de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía
la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de
manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar
los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes,
de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de
una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared
interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en
su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un
enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo
enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La
pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el
menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí,
por lo menos, no he trabajado en vano".
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta
desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el
gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo
visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de
cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible
describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la
detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por
primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente;
sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más
respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para
siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la
culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas
averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una
perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi
tranquilidad futura me parecía asegurada.
Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente
y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo
era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que
los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final,
por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un
solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la
inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos
sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban
completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón
era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos,
una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro
mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de
cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida...
(En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba
cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas
paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el
bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se
hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había
cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba.
Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño,
que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo
alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de
horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la
garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la
condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui
tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la
escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos
atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y
manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores.
Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba
agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya
voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la
tumba!
Traducción de Julio
Cortázar
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/poe/gato.htm
Cuento de terror
Un cuento es una narración breve de hechos imaginarios,
que presenta un grupo reducido de personajes y apela a la economía de
recursos narrativos para desarrollar un argumento no demasiado complejo.
El terror, por su parte, es el sentimiento más intenso de miedo,
donde el individuo ya no puede pensar de forma racional. El terror
puede generar sudoración fría, la parálisis de los músculos y hasta la
muerte por paro cardíaco.
Un cuento de terror, por lo tanto, es un relato
literario que intenta generar sentimientos de miedo en el lector. Para
esto presenta historias vinculadas a las temáticas más atemorizantes
para los seres humanos, como la muerte, las enfermedades, los crímenes, las catástrofes naturales, los espíritus y las bestias sobrenaturales.
El cuento de terror puede tener un fin moralizante, es decir, asustar al lector para que éste evite ciertas conductas o actos. En otros casos, el cuento de terror no es más que un ejercicio estético que busca, como cualquier obra literaria, un efecto en quien lo lee.
Entre los máximos exponentes del cuento de terror, aparecen los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849), H.P. Lovecraft (1890-1937) y Stephen King (1947), y el francés
Guy de Maupassant (1850-1893).
Guy de Maupassant (1850-1893).
El retrato ovalEdgar Allan Poe (1809 -1849)
Tomado de Biblioteca Digital Ciudad SevaEl castillo en el cual a mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malamente herido como estaba, pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los Apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de la señora Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporalmente.Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa; aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable.Hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada, en que se criticaban y analizaban.Leí largo tiempo, contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro.Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? No me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven; se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:"Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y se sentó pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible: "¡En verdad, esta es la vida misma!" Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada: ¡Estaba muerta!"
http://definicion.de/cuento-de-terror/
http://www.eleducador.com/pr/index.php?option=com_content&view=article&id=133%3Aplan-de-clase-espanol-4-6-cuentos-de-terror&catid=29%3Aplanes-de-clase&Itemid=57
martes, 13 de noviembre de 2012
Fósil
¿Qué son los fósiles?
Son fósiles los restos de antiguas conchas
marinas incrustadas en las rocas, y también lo son los huesos y los dientes de
mamíferos del pasado. Lo mismo puede decirse de los delicados cuerpos de
insectos sepultados en ámbar y de los grandes trozos multicolores de madera
petrificada. Incluso las huellas dejadas por los dinosaurios al caminar sobre
un barrizal se consideran fósiles. Los fósiles son, pues, cualquier huella o
vestigio de plantas o animales que vivieron en el pasado prehistórico.
Los fósiles más antiguos que se conocen son
restos de algas y bacterias microscópicas que vivieron hace más de 3,000
millones de años. Entre los más recientes se encuentran los cuerpos congelados
de mamutes que vagaban por la tundra ártica hace unos cuantos miles de años.
Todo lo que sabemos sobre la asombrosa variedad de plantas y animales que
poblaron la tierra antes de que lo registrara el hombre lo hemos aprendido de
los fósiles.
Para los paleontólogos ?científicos que estudian
las formas de vida históricas?, los fósiles sepultados entre capas sucesivas de
roca son como las páginas de un libro en el que pueden leer la historia de la
evolución: la vida en la Tierra.
¿Cómo se forman los fósiles?
La mayoría de los fósiles se formaron al quedar
el organismo enterrado entre sedimentos, generalmente bajo el agua,
inmediatamente después de morir. En estas condiciones, las partes carnosas se
descomponen y desaparecen rápidamente; en cambio, las partes duras, como
huesos, permanecen. En algunos casos, estas estructuras duras subsisten casi
intactas, pero con más frecuencia sus poros y espacios abiertos se impregnan
parcial o totalmente de depósitos minerales procedentes del agua que se filtra,
y toda la estructura se convierte en roca. En el caso de la madera petrificada,
la materia original puede haber sido sustituida por minerales, sobre todo
silicio, y se conservan perfectamente características como los anillos de
crecimiento anuales e incluso la estructura celular.
En otro tipo de fosilización, la estructura
original se disuelve completamente y no deja más que un hueco o molde natural
en la roca que conserva la forma exacta del original. A veces, otras materias se
infiltran en el molde y producen un vaciado que es una réplica del original.
Los moldes de hojas y otras estructuras muy finas
se conocen como impresiones. Las hojas y los animales de carne blanda se llegan
a fosilizar como películas de carbón que conservan las siluetas de los
originales. Son especialmente bellas las hojas de helecho fósiles,
intrincadamente detalladas, que se preservaron de esta manera.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Tareas semana 12 - 16 Nov.
Hola a tod@s:
Record de tareas de esta semana se irán anexando:
Matemáticas:
1.- Leer uno de los cuentos de Edgar Allan Poe (El gato negro o El retrato oval) que se encuentra en el blog e identificar las partes de un cuento.
Ciencias Naturales
Record de tareas de esta semana se irán anexando:
Matemáticas:
- Forrar su diccionario de Español y/o Inglés, y obtener el área del pedazo de papel que utilizaron. En caso de que sus diccionarios ya estén forrados, sacar el el área de plástico que utilizaron (aproximado). Recuerda que la fórmula para obtener el área (en caso del rectángulo) es A=B X h
- Resolver el examen en el cuaderno. (concurso de olimpiada de conocimientos).
- Definición de los siguientes conceptos: Ley, Normas, Estado de Derecho, Justicia, Compromiso, Legalidad, Autorregulación, derecho, obligación.
- Escribir 10 normas y compromisos que tenemos en la casa y escuela respectivamente.
- Contestar el cuadro de su libro de Geografía pág. 51 con ayuda de su Atlas.
1.- Leer uno de los cuentos de Edgar Allan Poe (El gato negro o El retrato oval) que se encuentra en el blog e identificar las partes de un cuento.
Ciencias Naturales
- Hacer un mapa conceptual del texto "Fósil" del blog. Ver el video.
- Para el viernes traer el material para realizar la actividad del libro. (individual)
viernes, 9 de noviembre de 2012
Circular 09/NOV/12
CENTRO EDUCATIVO BERNARDO DE BALBUENA,S.C.
SEÑORES PADRES DE FAMILIA:
Anexo a la presente les estamos enviando la CREDENCIAL ESCOLAR 2012-2013, tanto para
alumno(imagen arcoíris) como para
padres( imagen de puntitos de colores); la credencial de los niños ayuda en varios aspectos tales como generación de identidad y
pertenencia, seguridad en excursiones así como también la de los padres coadyuvara
durante el proceso de entrega de los menores a la hora de la salida generando un mayor control y una mejor vigilancia.
El costo de la
credencial es de $ 60.00 cada una en caso de requerir otra por cualquier razón favor de reportarla a
este su Centro Educativo.
ATTE. LA DIRECCIÓN
SRES. PADRES DE FAMILIA:
Por medio de la presente les
informamos que la Profesora Claudia Sánchez
estará sustituyendo al profesor Eduardo Martínez en la clase de Educación Artística, ella por
el momento les esta impartiendo la clase de artes platicas, mientras el
profesor se incorpora de su incapacidad.
Por este motivo les pedimos que
los días que los alumnos tenga música les envíen una playera viejita y grande en una bolsa de plástico para no
ensuciar su uniforme.
Atentamente La
Dirección
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